Historia

 

        Existe en la provincia de Lugo, en la villa de Ferreira de Pantón,un monasterio de religiosas cistercienses —único que hay en Galicia— que en el año 1975 ha cumplido 800 años. Sin embargo, algunos historiadores no temen en afirmar que ya existía allí vida monástica en la primera mitad del siglo X, concretamente en 924, y hasta citan un documento por el cual cierta matrona, llamada Veniverta, entregaba a este monasterio una heredad que le corres­pondía de su abuela Emilia en la villa de Vanevera. De él son estas palabras: “En nombre de Cristo, yo Veniverta a los religiosos y religiosas que llevan vida santa en el lugar llamado San Miguel...”.

      

        Según Piñeiro existía este documento en el archivo de la comunidad de Ferreira, en el cajón donde se hallaban incluidos los pergaminos góticos. Hoy ha desaparecido dicho documento, así como los pergaminos góticos a que alude. No sabemos por tanto, en qué se funda este autor para atribuir al primitivo monasterio de Ferreira la advocación de San Miguel, máxime cuando había a tres o cuatro kilómetros de distancia otra fundación de monjas denominada San Miguel de Eiré. En recuerdo de la primitiva advocación perseveraba aún en el año 1785 un altar dedicado al Santo Arcángel, metido debajo de un arco en una de las paredes de la iglesia y colocado en aquel sitio cuando se reedificó dicha iglesia para monasterio de su primitiva dedicación, por no se descubrir otro motivo para conservar aquel altar antiguo del modo que se halla colocado”[1].

      

         Lo que sí aparece cierto es que fuera dúplice tal vez desde los primeros tiempos de su fundación hasta el s. XII. Lo admite Man­rique[2] y además tenemos un documento de la era 1148, año del Se­ñor 1108 en que la condesa doña Jimena Sánchez hizo donación a los siervos y siervas del “asceterio” de San Salvador y Santa Maria de Ferreira de todo lo que poseía en las comarcas de Lemos, Sarriá y Asma. Firman dicho documento el rey Alfonso VI; Pelayo. obispo de Oviedo; Pedro, obispo de Lugo; Diego, obispo de Orense; Jimena, abadesa de Ferreira, y Aldonza, abadesa de Eiré. Así como este documento existe en la actualidad, desconocemos en cambio el paradero de otros dos citados por Piñeiro. El uno llevaba la fecha de 10 de agosto de la era 1131, año 1093, en el cual constaba que la citada doña Jimena vivía en el monasterio de Ferreira incorpora­da a la comunidad.

    

    El otro, de 15 de julio de la era 1167, año 1129, contenía una venta de Sancho Núñez y su mujer Sancha Enríquez, más el her­mano de ésta Mendo Núñez al monasterio de Ferreira y a su abadesa doña Marina, de los bienes que tenían en el lugar de Estriz, “in Palatio ad illas Morales, territorio Lemabus sub alpe Castro Bobela sub signo Sancti Andree, discurrente ribulo Cave et cinisa”[3] .

    

        Ninguna otra referencia documental conocemos de la etapa precistercíense hasta 1175, fecha cumbre en la historia del monas­terio de Ferreira en que iba a ser introducida en él una nueva mo­dalidad de vida monástica.

    

        Campeaba en aquellos tiempos en Galicia la Orden Cistercien­se, que había comunicado una vitalidad nueva a viejos monasterios decaídos en la observancia, haciendo de ellos focos de cultura y espiritualidad que irradiarían sus beneficios a toda la región. A ella pertenecían Osera, Sobrado, Meira, Monfero, Montederramo, Armenteira y tantos otros que se seguirían después.

           

        Hallábase en esa época el monasterio de Ferreira decaído en todos los aspectos. Había desaparecido de él la vida monástica[4], los edificios se hallaban en ruinas y el considerable patrimonio ha­bía venido a manos de particulares, ejerciendo patronato sobre dichos bienes la condesa doña Fronilde, la infanta doña Sancha  -hijas ambas de don Fernando Pérez de Trava - y otros familiares suyos. De entre todos, la que aparece más vinculada a Ferreira es la condesa doña Fronilde, por haber sido la restauradora en él de la vida monástica. Conviene aclarar unos puntos sobre su persona.

        

        Existe no poco confusionismo cuando se trata de explicar la genealogía de esta ilustre señora. Según Rodríguez de Parga “doña Fronila[5] de Lemos era hija de Alonso López de Sober y Lemos, y de doña Mayor de Novoa, pertenecientes a las familias de los López de Lemos, señores de Sober y de Pantón y de Maceda[6] Vázquez Seijas viene a decir lo mismo: “D. Alfonso López de Lemos tuvo por esposa a Doña Mayor de Noboa y Meneses de la casa de Maceda, siendo hijos suyos D. Diego López de Lemos y D. Sancho Fer­nández de Lemos, que fue tercer maestre de Santiago y murió en el campo de batalla en el año 1199; y a doña Fronila López de Lemos, que se tituló condesa y se dice fundó el monasterio de Bernardas de Ferreira de Pantón en 1175”[7].

           

        Para Amor Meilán, doña Fronilde “vivió en la segunda mitad de la duodécima centuria y era hija de uno de los Lemos, Condes de Amarante, señores de Pantón, Sober y muchas otras tierras de la comarca que les dio su apellido”[8]  La opinión que nos parece más segura es la transmitida por Manrique al decir que fue hija de don Fernando Pérez de Trava, opinión que se ve corroborada por la fuerza de un documento, precisamente el de más trascendencia para la vida de Ferreira en el cual se titula a si mismo “Ego Co­mitissa Fronilla Ferdjnandi”.

 

        Estuvo casada, pero se desconoce el nombre de su marido; en cambio sabemos que tuvo una hija llamada Guiomar de la cual hablaremos en breve. Viuda ya, deseando doña Fronilde dar un destino santo a sus riquezas, restauró la vida monástica en el an­tiguo monasterio de San Salvador y Santa Maria de Ferreira, de­sierto o poco menos cuando  le correspondió en herencia. Después de restaurar convenientemente los edificios, reuniendo un grupo de mujeres piadosas de la primera nobleza del reino y con apro­bación de don Juan, obispo de Lugo, estableció en él la disciplina cisterciense sometiéndolo a la dirección de los monjes de Meira.

            Manrique nos transmite el documento fundacional del tenor siguiente:

 

                “Yo, la condesa Fronilde Fernández hago carta de fundación perenne en favor del         Monasterio de Ferreira, de la heredad que fue del propio Monasterio, la cual yo heredé de mis abuelos y antepasados. La ofrezco por la salud de mi alma y de la de mis padres, a Dios Omnipotente y a Santa María su Madre, y también a todos los santos, a saber, a aquellas religiosas que quisieren perseverar en la santa religión conforme a la disciplina de los monjes del Císter y bajo la custodia del Abad Vidal, de Meira, y esto lo hago por consejo y con la aprobación de don Juan, obispo de Lugo.

Les damos, pues, a ellas, desde el monte Cairo hasta Silo y hasta el Miño, etc.

Fue hecha la carta en 17 de diciembre de 1175”.

 

        Firman la escritura los abades: Gil de Sobrado, Vidal de Meira, Martin de Melón, y Pedro, arzobispo de Santiago; Juan, obis­po de Lugo; Alfonso, obispo de Orense y algunos otros persona­jes. También los familiares de doña Fronilde que se hallaron presentes dieron por bien hecho cuanto se contenía en el documento, cediendo en favor de las religiosas de Ferreira cuantos derechos les pudieran pertenecer en los bienes señalados a la fundación.

           

        La primera abadesa que gobernó la comunidad bajo la nueva modalidad cisterciense fue la condesa doña María Sánchez, de la misma familia de la fundadora, y una de las que firmaron el do­cumento anterior, todavía no religiosa.

 

        El monasterio comenzó bien pronto a florecer en frutos de santidad, sobre todo cuando la propia doña Fronilde, en un gesto magnifico de piedad, renunció las comodidades del siglo y se hizo religiosa del mismo, no abadesa, como quieren algunos[9], sino simple monja. Al enterarse Fernando II de tan alto ejemplo de piedad, favoreció también espléndidamente al monasterio, en atención —como él mismo lo indica— “a mi amadísima condesa doña Fronilde”. El documento en el cual el rey leonés da a la con­desa tan espléndidas dádivas, está fechado en Mayorga, en el mes de febrero de 1180. Este documento, que era el número 4 de los pergaminos que vio Piñeiro en el archivo de Ferreira ha desapa­recido. En él se citaban varios lugares que todavía hoy se conservan, tales como Basilao, San Vicente de Deade, San Cipriano de Vilamelle y su anejo San Martin de Siós.

    

        También se desconoce el paradero de otro documento fechado en la era 1220, año 1182, por el cual doña Elvira, con el consentimiento de su marido don Gutiérrez y sus hijos, cedió a doña Fro­nilde el derecho de patronato que por titulo de fundación le correspondía en el monasterio de Ferreira. Añade que si la donante o bien otra mujer de su descendencia quisiera servir a Dios entre las religiosas del Salvador, debía ser recibida gratuitamente y atendida según las posibilidades de la casa.

    

        No están de acuerdo los historiadores al señalar el año del fallecimiento de doña Fronilde. Mientras Fr. Ángel Manrique la coloca en 1195, la casi totalidad de los escritores modernos seña­lan el 1189 basados en un documento de su hija doña Guiomar hecho en favor del monasterio de Meira para cumplir el testamento de su madre fallecida probablemente ese año. Si es cierto que existe tal documento, habrá que rectificar la fecha ofrecida por Manrique, de lo contrario, podemos seguir sin titubear su cri­terio, ya que señala el año con toda seguridad, basado en los do­cumentos.

      

        En una cosa convienen todos los historiadores, en la fama de virtud excepcional que aureoló la vida de la antigua condesa. Así lo atestigua nuestro analista —en el cual se inspiran todos: “Vi­vió Fronilde en el monasterio de Ferreira hasta 1195 en que llena de días y rebosante en méritos, murió santamente y fue a recibir del Señor el premio que había merecido por sus obras”. Se enterró en el claustro del monasterio, en un sarcófago preparado en el muro, sencillo y sin inscripción alguna, cuyo lugar exacto ha per­manecido oculto durante siglos, sobre todo desde que se revoca­ron con yeso las paredes de dicho claustro[10]

      

        Respecto a su hija Guiomar, fue solícita en cumplir la última voluntad de su madre según lo acredita el documento siguiente que traducimos de Manrique:

 

                        “En el nombre de Dios, Amén. Yo, doña Guiomar, quiero que sea notorio a todos, cómo yo doy por bien hecho y tengo por firme todo cuanto dispuso mi madre la condesa doña Fronilde sobre el Monasterio de Ferreira; y concedo a Dios y a la Orden Cisterciense todas las donaciones que hizo al citado Monasterio.

                       Me agrada, por lo tanto, que como ella dispuso, la Orden Cisterciense sea observada allí por las mujeres que a él se retiren, bajo la vigilancia de Dom Vidal, abad de Meira, a fin de que él disponga lo que sea conveniente o rechace lo que no convenga, de suerte que nadie se atreva a hacer lo contrario.

                       Mas si alguna cosa establecida por ella apareciere poco segura, sepan todos mis sucesores que yo la vuelvo a vigorizar de nuevo por medio de esta carta, con esta sola excepción: que si algún día yo, o alguna de mi familia, eligiere servir a Dios, sea bien recibida en el Monasterio y la co­munidad provea de lo necesario, etc.

                      Esta escritura de corroboración la hice Yo doña Guiomar en tiempo de Menendo, abad de Meira, en la era 1234”.

      

        Este documento es el que orientó a Manrique al determinar el año de la muerte de doña Fronilde. Quienes aseguran que ya en 1189 tenia entregados doña Guiomar 400 mrs. al monasterio de Meira en cumplimiento de la última voluntad de su madre, no sabemos cómo explicarán este retraso de siete años en ratificar  todo cuanto dispusiera la misma en favor de su monasterio de Ferreira.

      

        Manrique se pregunta si doña Guiomar imitaría el ejemplo de su madre ingresando religiosa en el propio monasterio, según parece insinuarlo el anterior documento; con todo, no se sabe con certeza, y en cambio es manifiesto que San Salvador de Ferreira albergó durante mucho tiempo a gran número de jóvenes de la nobleza gallega. Con razón nota Piñeiro, de quien lo toma Risco y ya antes lo había advertido también Manrique, que el monas­terio de Ferreira “tiene la gloria de que en repetidas escrituras de su archivo se denomina Conventus Doininctrum de Ferraría, que en lenguaje público quiere decir Conventus das Donas, que es lo mismo que Convento de las Señoras, por haber entrado en él, des­de sus principios, señoras de la primera nobleza del Reino”.